¿Comunica tu empresa?

Si acaba de darse de bruces con este post, es más que probable que ambos pertenezcamos a esa panda de chiflados este extraño mundo de apasionados por la comunicación. Contar historias (propias y ajenas) es lo nuestro.

Si por el contrario has llegado (si me permites el tuteo) hasta este blog movido por el interés o la curiosidad de saber qué pueden hacer esos apasionados por ti y por tu empresa, también has dado en la diana.

La comunicación corporativa es, básicamente, brindar al mundo la oportunidad de saber de ti –saber de tu firma, de tu marca- y dar a conocer qué pintas tú en todo esto, a qué aspiras y qué puedes ofrecer para cambiar sus vidas. Porque para qué engañarnos: Si Ariel lava más blanco, pero otro lo hace “casi sin frotar”… igual eso sí que me cambia la vida…

¿Suena muy pretencioso? Quizá sí, pero no olvidemos que toda empresa busca satisfacer la necesidad (ya sea real, ya sea sentida o creada) de un producto o un servicio. Las metas las fijas tú. Hay firmas que pueden creer que “el mundo nunca es suficiente”, y otras cuyas aspiraciones van más dirigidas a fidelizar, conservar y mimar a su clientela.

En cualquier caso, los profesionales que desarrollan su labor al frente de departamentos y agencias de comunicación están ahí para ofrecerte la posibilidad de que seas tú quien cuente su propia historia (ese “saber de ti” al que antes me refería), a quien tú quieras (tu público objetivo), generando una serie de percepciones que contribuyan a despertar una respuesta concreta en el destinatario de tu mensaje. No hablamos del envío sistemático de notas de prensa, ni de la contratación de publicidad o la colaboración en un evento deportivo con un logo entregado en una tarjeta de visita.

Hablamos de un trabajo planificado, desarrollado y evaluado por profesionales. Hablamos de un plan acorde a una estrategia empresarial más global. Pero por mucha planificación que medie, no olvidemos que la comunicación corporativa tiene que ser ADEMÁS (y con los tiempos que corren, más que nunca) dinámica, concreta y basada en la retroalimentación/feedback constante.

No descubro nada al subrayar que la comunicación corporativa del siglo XXI pasa por escuchar al usuario de turno ‘espetarnos’ en las redes sociales que “lo de casi sin frotar, se lo cuentas a tu tía Rita, que mira cómo se me ha quedado el uniforme de rugby” (y a continuación, añade foto). Todo ello, por supuesto, citando en ese tuit al prolífico e hiperactivo community manager de Facua, a una empresa de tu competencia (para hacer sangre) y a los de Greenpeace, que denunciaron hace años la contaminación de acuíferos a base de jabones y detergentes ‘ultraeficaces’. Descontentos los habrá siempre, pero evita incumplir promesas.

En cualquier caso la interacción es inevitable, porque si tus ‘contadores de historias’ han conseguido llegar al corazoncito de una gran parte de tu público objetivo, acabas alcanzar el tan codiciado engagement en el mundo de la comunicación corporativa y el marketing 2.0, que no es otra cosa que conseguir un compromiso entre la marca y sus usuarios, y crear un clima de fidelidad y motivación para que nuestros usuarios defiendan y sientan la marca, y ese canal es –con frecuencia- la vía de entrada de muchos otros clientes/usuarios.

Colocar un anillo de compromiso (engagement ring) con un gran pedrusco en el dedo de cada uno de tus clientes no va a ser fácil… Para llevártelo al huerto puedes optar por la vía rápida y sencilla (mismas milongas, mismas promesas a la luz de la luna, dedicar las mismas canciones y malplagiar manidos poemas). Pero si lo que estás buscando es otra cosa, no sólo “pan para hoy…”, y tu empresa quiere conseguir ese grado de compromiso, fidelidad e interacción con tus clientes-usuarios, eso pasa por el tesón, la constancia y el buen hacer. No es sencillo, y los pedruscos no son baratos. Pero ¿y si sale bien?

Concha Redondo

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